
Como dije en una oportunidad anterior, de niño siempre supe que sería un asesino serial, sin embargo esa no fue algo seguro sino hasta los seis o siete años, más o menos.
Recuerdo que a esa temprana edad había en mi casa una gata, Camila, era un animal adulto cuya única función en la casa era maullar constantemente pidiendo comida, recostársele a todo el mundo en busca de apapachos y parir cada cierta cantidad de meses. Eso sin contar con su maldita flojera, en todas partes estaba durmiendo, pero jamás donde le correspondía, siempre se las arreglaba para terminar en la cama de cualquiera de los habitantes de la casa, llenando todo de pelos incluyendo la mía. Realmente detestaba eso.
Lo cierto es que el animal me causaba gran repugnancia – como siguen causándome todos los gatos -. El asco que nacía en mi hacia aquella gata consentida era el hecho de querer dárselas de superior, no hacía nada, no servía para nada, pero aún así exigía su comida como si fuese quien mantuviera la casa. Cuando mi madre la llamaba se desentendía completamente simplemente era un ser abyecto que no merecía el más mínimo respeto o consideración, tal era mi animadversión por la felina.
En una oportunidad, mi madre me pidió que la alimentara, me dio algunas sobras de carne del almuerzo, unos pellejos de pollo que había cocinado y sazonado para la bendita gata y me pidió que se la sirviera en el platillo que había dispuesto para tal fin. Salí de la cocina bastante enojado, pero sin rechistar. Soy un asesino, pero siempre respeté a mis padres.
Tome el plato con la comida y me dirigí al patio, donde se le servía siempre la comida al animalejo. Eché la comida en el platillo de plástico que tenía la gata dispuesto para su alimentación. No había terminado de hacerlo cuando la felina apareció de la nada, maullando como loca con su cola levantada cual poste y sin importarle nada ni nadie.
Me quedé unos instantes observándola mientras devoraba con fruición la comida y sin saber porque se me ocurrió pasar mi mano por su cabeza. Ese simple gesto desató una furia en Camila que jamás he visto en ningún otro animal – imagino que sabía de mi repulsión hacia ella -. De manera imprevista la gata comenzó a morder mi mano, a arañarme el brazo lanzando siseos horribles, el susto hizo que cayera de espalda y lejos de tranquilizarse la gata pareció más enardecida. De un salto brincó sobre mi pecho y empezó a rasguñar mi camisa con sus corvas y sucias garras. Seguía siseando de modo espantoso. Tal alboroto y el terror que me invadió hizo que empezara a dar gritos. Eran los gritos de alguien aterrado. Mis gritos hicieron que la gata se envalentonara más aún y subió por sobre mi pecho hasta llegar a mi rostro, con mis manos llenas de rasguños, arañazos y mordiscos cubrí como pude mi cara, pero sin poder evitarlo la gata logró arañarme una mejilla dejándome abriendo tres largos surcos desde la base de mi ojo izquierdo hasta la barbilla en una diagonal de líneas paralelas que aún marcan mi rostro en una fea cicatriz.
¿Qué ocurrió luego? No lo se, perdí el conocimiento. En aquel tiempo tenía yo sólo unos seis o siete años. Imagino que el terror hizo que me desmayara.
Cuando desperté estaba en cama, me sentía adolorido y mi rostro ardía muchísimo por las heridas que la gata me había inflingido.
- ¡Ya despertó!, - era la voz de mi madre - ¿cómo estas mi cielo? – preguntó en seguida mientras acariciaba mi cabeza mirándome con ojos preocupados.
- Me arde la cara mamá, – respondí con voz cortada - ¿dónde está Camila? – inquirí al punto.
- No te preocupes por ella, está sedada – era la voz de mi padre esta vez.
Cerré los ojos pero antes de quedar dormido otra vez logré escuchar: - Que hermoso niño, aún se preocupa por el animal – era una voz que no conocía. Luego me enteré que se trataba del doctor Matias, el médico de la familia. Que equivocado estaba, no pregunté por Camila debido a mi preocupación.
Mi único interés se centraba en lo que haría con ella. Camila, una gata cualquiera había abierto la puerta a mi destino, a lo que sería de mi de ahí en adelante.

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